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Los refugiados en Alemania cuentan su historia

La noticia del incendio de un futuro hogar de refugiados amenazado por neonazis en Alemania dio la vuelta al mundo este fin de semana y devolvió al primer plano la ola de solicitantes de asilo que están llegando al país. Pero ¿quiénes son, cómo viven y de qué huyen los refugiados?



Una visita al centro dirigido por la Cruz Roja en Hamburgo, norte de Alemania, permite conocer de cerca las historias de hambre, estafas, agresiones y cercanía a la muerte de las cerca de 180 personas que viven en el lugar.

“No se puede hablar de un solo perfil, pero muchas de las personas que llegan a este albergue son de clase media en sus países, gente que cuenta con una profesión o que busca tenerla”, cuenta a la agencia dpa el peruano Pablo Paz, uno de los asistentes sociales del albergue.

Es el caso de H.Y. y M.I., un joven matrimonio palestino que abandonó Líbano. Él estudió un año de universidad, pero la dejó por falta de dinero y porque, al igual que en muchos países árabes, los palestinos están destinados a trabajos no profesionales.

“¿Para qué me iba a esforzar y pagar más de 600 dólares mensuales si luego no iba a trabajar en lo mío?”, se pregunta en diálogo con dpa. En el Líbano vendía jugos de fruta en la calle 12 horas diarias a cambio de un máximo de 600 dólares al mes.

La pareja escapó del Líbano, cruzó Turquía, sobrevivió la travesía en bote hasta Grecia y atravesó Hungría para llegar hasta Alemania. ¿Para encontrar qué? “Paz, libertad, oportunidades para crecer, para ser alguien, un gran lugar para criar a los hijos que queremos tener, donde dan ganas de vivir y mejorar”, enumera ella.

Con ese objetivo aprenden alemán (muestran orgullosos los cuadernos en los que se nota el avance en sus clases del idioma), seguir una carrera y ser útiles para la sociedad que los ha recibido.

El peruano Paz explica que Alemania quiere evitar el error que cometió en los 90, cuando no dio facilidades suficientes a los refugiados, sobre todo iraquíes y afganos, que querían ejercer sus profesiones. “Hoy tienes a extranjeros que hacen labores no profesionales, pero que en su país eran ingenieros y médicos. Ahora se quieren valorar los estudios, Alemania necesita profesionales y muchos de los refugiados lo son”, señala el asistente.

El albergue intenta cubrir las atenciones básicas de todos las personas que acoge: incluye guardería, una escuela en distintas materias, clases de alemán, una cafetería y seguimiento médico y psicológico para cada caso. También se asesora a cada recién llegado en los primeros pasos de un largo proceso que tiene como objetivo obtener la condición de “transfer”, lo que equivale a poder vivir en mejores condiciones para poder estudiar alemán, trabajar y empezar una nueva vida.

Muchos de los refugiados temen hablar ante el riesgo de que sean identificados y que luego haya represalias contra sus familiares en los países de origen. M., una mujer que huyó de Libia, vence el miedo y cuenta que su paciencia se estira ante la espera del “transfer”. “Llevo siete meses aquí, necesito el transfer ya”, cuenta con un tono de desesperación. “Me gusta Alemania como país, pero tengo demasiado tiempo acá”.

Además de huir de un país que se desangra, M. escapó de su ex marido. En Bengasi la amenazó de muerte y mandó a hombres armados para que le robaran sus tres hijos. M. logró rescatar sólo a una. Con su hija y su hermano y gracias a la ayuda de sus familiares empezó la odisea rumbo a Alemania. “Sé que me va a ir bien, pero seguir en el albergue es como estar y no estar en Alemania”.

Ulrich Bachmeier, director del centro, recuerda que es todo un desafío hacer funcionar bien el lugar, antes una escuela y al que compara acertadamente con “un pueblo multicultural”. “Cada día hay cosas nuevas. Buscamos que las personas estén cómodas, evitar que se armen protestas”, menciona. Y recuerda que no todo es color de rosa: a las demoras de los “transfer” se suma el descontento generado por compartir habitación con 15 personas.

No obstante, el director ve en cada uno de los refugiados una oportunidad para enriquecer Alemania: “Mi esperanza es que cuando veo en un bus a gente de orígenes distintos y los escucho hablando muy bien alemán, yo espero que los que pasen por aquí también se integren en la vida alemana sin ningún problema”.

¿Y cómo recibe Bachmeier noticias sobre agresiones a refugiados o el surgimiento de movimientos xenófobos como Pegida? “Es un problema de coeficiente intelectual”, ironiza, pero advirtiendo que requieren estar alerta: “Lo de Pegida, por ejemplo, llama la atención: es fuerte donde no hay extranjeros. En Hamburgo hay muchos y no hay problemas, pero en Dresde, donde casi no hay gente de otros países, Pegida es fuerte”.

Hamburgo, 8 abr (dpa)

Por Herbert Holguín Villavicencio (dpa)

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