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Martha Argerich, la rebelde “leona del piano”, cumple 75

Es venerada cada vez que se sube a un escenario, pero también temida por sus cancelaciones: sin embargo, nadie discute que Martha Argerich es una estrella del piano. Los organizadores suelen temblar cada vez que incorporan a la pianista argentina en sus programas. Pero lo cierto es que Argerich fue siempre una rebelde. Desde que era una niña.



Una vez, por ejemplo, tenía agendado tocar en su ciudad natal, Buenos Aires, para el pianista austriaco Friedrich Gulda. Su madre Juanita había esperado durante horas hasta que Gulda se mostró dispuesto a escuchar a la niña de 12 años. Martha se rebeló y se reunió con Gulda más tarde. Así y todo, éste la aceptó bajo su ala como alumna y dio inicio a una carrera mundial.

Probablemente Argerich asista a la cita de este domingo, cuando celebrará su cumpleaños 75 con un concierto en la Filarmónica de Berlín acompañada por el director argentino-israelí Daniel Barenboim. “Estoy vieja, pero sigo siendo inmadura”, confesó alguna vez en entrevista con dpa.

El concierto brindará la oportunidad de escuchar a dos músicos que se conocen desde niños. Los dos se encontraron por primera vez en la casa de un violinista y empresario de Buenos Aires en cuyo hogar se tocaba música de cámara todos los viernes por la noche. “En ese entonces yo tenía siete y ella ocho y jugamos debajo del piano, como suelen hacer los niños”, recuerda Barenboim.

Con apenas tres años, Argerich ya estaba sentada al piano. Con siete, ya podía tocar en una tarde el concierto para piano número 20 de Mozart, el concierto para piano número uno de Beethoven y una suite de Bach. En 1957, cuando tenía 16 años, ganó el concurso Busoni y la competencia internacional en Ginebra. Tocara donde tocara, el público era cautivado por Argerich.

Gulda la tentó para que fuera a Viena. Martha se mudó con sus padres y hermanos a Europa. “¡Hubiera hecho cualquier cosa por él!”, confesó la pianista en una biografía sobre ella llena de detalles personales del francés Olivier Bellamy (“Martha Argerich – La leona al piano”).

La relación entre Martha y el piano siempre fue tormentosa y osciló entre la desesperación y el amor. Gulda le rogó confiar en sus capacidades y no desperdiciar su potencial. Sin embargo, una y otra vez Argerich parecía autoboicotearse: dejó caer una entrevista con el zar discográfico de EMI Walter Legge y rechazó al principio un contrato con la discográfica Deutsche Grammophon.

Luego viajó a Nueva York para tocar ante el pianista ruso-estadounidense Vladimir Horowitz. Su ídolo no la quiso recibir, aunque tiempo después la describiría como la mejor. Argerich se quedó en Estados Unidos, conoció al compositor y director Robert Chen y tuvo la primera de sus tres hijas. Un año después regresó a Europa y en 1965, con 24 años, ganó el concurso Chopin de Varsovia. Allí desató años más tarde un escándalo como jurado. Cuando Ivo Pogorelich, al que admiraba, quedó fuera del concurso, ella también se fue en señal de protesta.

Y luego una y otra vez las cancelaciones, la inestabilidad en su vida -“un zigzag entre las llamadas ‘crisis’ y logros extraordinarios”, como escribió el crítico Joachim Kaiser-. Sus grabaciones, sobre todo de sus presentaciones, como el concierto de Liszt en mi bemol mayor, son legendarias. “No se trataba sólo de los tonos correctos, se trataba de la vida”, escribió Kaiser.

El director de orquesta suizo Charles Dutoit intentó que Martha echara raíces. Pero el matrimonio, del que nació una segunda hija, fracasó. Martha regresó con el pianista y director Stephen Kovacevich y más tarde tuvieron a la tercera hija de la pianista.

El destino la golpeó varias veces: en pocos años murieron sus padres, su hermano y su mejor amiga. En 1992 le diagnosticaron cáncer de piel. Martha luchó. Mientras aún estaba convaleciente, volvió a los escenarios con el violinista y director letón Gidon Kremer y su acompañante de años en el violoncello Mischa Maisky. Y luego tuvo su actuación triunfal en el Carnegie Hall en marzo de 2000. Esa noche, escribió el “New York Times”, Martha Argerich “no conoció fronteras ni iguales”.

De la utopía de una vida decidida por ella, libre de “trucos sucios”, como dice, con agentes y discográficas, surgieron sus festivales en Beppu, Japón, y Lugano, en Suiza. Argerich se siente contenida cuando toca con amigos.

Y es así como a los 70 años se reencuentra con su amigo Daniel Barenboim, quien la alienta a actuar en su ciudad natal, Buenos Aires, con cuya industria de la música Argerich estaba peleada.

Desde entonces, Barenboim y Argerich actuaron juntos muchas veces, pero sin competir, asegura el director. Los dos tuvieron al mismo maestro en Argentina. Cuando tocan juntos el piano, podría decirse que está tocando un pianista con cuatro manos.

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