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Ramiro Villapadierna: “Los españoles nos aferramos a mitomanías que no se corresponden con la realidad”

Ramiro Villapadierna – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráne

Gracias a la cortesía de la Revista Casa Mediterráneo y la periodista María Gilabert tenemos la suerte de  ofrecer a nuestros usuarios la entrevista íntegra que la revista publicó con el director del Instituto Cervantes de Fráncfort.

Ramiro Villapadierna, periodista, gestor cultural y actual director del Instituto Cervantes de Fráncfort, es uno de los principales conocedores de la realidad de Europa Central y los Balcanes, no en vano durante 25 años ha trabajado como corresponsal para medios nacionales e internacionales y observador de las transiciones del socialismo y los conflictos nacionalistas. Puso en marcha la delegación de ABC en Centroeuropa y cubrió la guerra de la antigua Yugoslavia en los años 90.Villapadierna impartió una conferencia en Casa Mediterráneo el pasado 29 de octubre dentro del ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’, en la que además de aportar su experiencia en la transformación europea, desde los bloques y la Guerra Fría hasta la reunificación y los nuevos nacionalismos que la asedian, ofreció una visión de España alejada de la percepción que los propios españoles se empeñan en propagar sobre sí mismos.

Tras su larga experiencia en Europa Central, ¿la imagen que se tiene de España en el exterior se corresponde con la percepción que tenemos de nosotros mismos?

Es imposible que se corresponda, porque los españoles tenemos ideas muy raras y elaboradas sobre nosotros mismos que un extranjero no puede tener. Una persona foránea construye esa imagen tras viajar a otros pueblos y cuando lee libros; mientras que nuestra propia percepción viene de una auto-elaboración que procede de estar muy pendientes siempre de qué piensan de nosotros para entonces pensar en consecuencia. Además, estamos aferrados a mitomanías que no se corresponden con la realidad, como haber tenido una historia negra, trágica… Pero abra usted cualquier libro de historia; no hay ningún país europeo que haya tenido una vida tan pacífica como de la que ha gozado España, en términos de número de guerras internas o de muertos. Los ejemplos son infinitos: Bélgica, Suiza, Austria, Italia…

¿A otros países no les pesa tanto la historia como a nosotros?

No, en nuestro caso lo que ocurre es que nos recreamos en el pasado. Luego, los románticos del siglo XIX que nos visitan, como Gautier y Stendhal, nos dictan una hoja de ruta e incorporamos esos mitos sin la más mínima reflexión. Aparte, Francia es un país que siempre escribe la historia de los demás, pero hay otros países que como escriben también la suya no tienen ese problema. En nuestro caso, nos impacta mucho más lo que piense un extranjero de nosotros. Otra de las muchas mitomanías existentes radica en creer que España es muy diversa, pero ¿respecto a quien? Te pongo un ejemplo: Si Europa tiene 270 idiomas y hay 27 países, tocamos a diez idiomas cada uno. Pues nosotros tenemos cuatro. ¿Dónde está esa hiperdiversidad?

A través de conferencias como ésta, usted trata de extender la idea de que Spain is not different. ¿Forma parte de un proyecto?

No tanto, más bien empiezo a recopilar cosas que los españoles siempre dicen sobre sí mismos. Una típica de los últimos tiempos: “España nos echa”, “España no nos alimenta”… Si coges las estadísticas reales, se producen 250.000 salidas de España entre 2010 y 2017, mientras que hay 5 millones de italianos viviendo en el exterior. En Alemania, donde yo resido, hay 800.000 italianos establecidos.

También persiste el tópico de la España negra, con más guerras, con más presencia de la Iglesia, cuando esta institución se encuentra por toda Europa y por todo el mundo. La Iglesia italiana también tiene sus propios errores, así como la irlandesa, la francesa, la austriaca, la polaca… Los españoles lo atribuyen a la dictadura, pero Europa entera estuvo sumida en dictaduras, la mitad en el comunismo y la otra mitad en el fascismo. ¿Por qué estamos empeñados siempre en decir que somos distintos? Fraga lo dijo en aquella famosa frase de Spain is different, pero no somos tan distintos, tenemos problemas similares a los demás. Los españoles somos muy drama queens (reinas del drama), y eso está muy bien cuando te encuentras con tus amigos, pero cuando salimos fuera no se puede ser así, porque te pisan directamente. A la típica expresión de un español cuando llega tarde a una cita y dice: “Es que soy un desastre”, un inglés o un polaco le responderán: “No, si la lo sé, pero no voy a hacer negocios contigo”.

¿Los medios de comunicación españoles contribuyen a favorecer o a perjudicar esa imagen del país?

Hacemos lo que los mexicanos llaman “rajarse”, que es abrirse en la plaza pública y mostrar todas nuestras miserias. Lo que los griegos denominaban “rajarse las vestiduras”. A eso un alemán no le encuentra el más mínimo sentido. De hecho, cuando tienen el más mínimo escándalo, por ejemplo el de los doctorados plagiados, que surgieron hace diez años en Alemania, en cuanto cayeron dos ministros se cerró el tema. ¿Por qué? Porque todo el mundo entiende que es un hecho que sucede, que hay que controlar de cara al futuro, pero con el pasado ya no puedes hacer mucho. Lo que puedes es destruir absolutamente la imagen académica y política del país. No sé bien qué clase de conjura se produce, pero desde luego se acaba el tema.

Otro ejemplo: en Alemania pasaron esa época terrible de la fracción del Ejército Rojo con la desaparición de 22 terroristas suicidados en la cárcel y jamás han vuelto a hablar del tema, ni siquiera la gente más implicada de la extrema izquierda. Nadie sabe exactamente qué pasó en aquella cárcel, pero se dieron cuenta de que ese tema se había ido de las manos de tal manera -y eso que el periodismo de investigación alemán es mucho más potente que el español- que no tenía recorrido, porque te conduce al pasado y te enreda. Hoy día, ¿un partido de izquierdas tiene que dedicarse a atender las necesidades de las nuevas madres solteras, la juventud en paro, los jubilados… o a convocar un referéndum para revocar la Corona? ¿De qué te estás ocupando: de la gente o de ideas? Ese modo de perdernos en lo abstracto es lo que sorprende a los extranjeros.

Desde su actual puesto como director del Instituto Cervantes de Fráncfort, ¿qué tipo de iniciativas culturales pone en marcha la institución para mejorar el conocimiento de España?

En el caso de España tenemos instrumentos que ya quisiera la mayoría de los países del mundo. Una red como el Instituto Cervantes, Italia por ejemplo no se la puede ni imaginar, siendo la quinta potencia económica mundial. La lotería de verdad es el mundo hispano en su conjunto, y nosotros tenemos el know how; nos hallamos en una comunidad de países de los más dinámicos del mundo, culturalmente hablando. Tenemos que asumir que ese mundo es un tren muy potente en el cual nosotros estamos sentados en la locomotora. Los españoles no sabemos lo que tenemos con el mundo hispano. En realidad nosotros sólo constituimos uno de cada diez dentro de esa comunidad. El español es una lengua americana que tiene una minoría en Europa, que somos los españoles. Cuando en unos 20 años Estados Unidos sea el primer país hispanohablante del mundo y cualquiera de los grandes medios comunicativos se dé cuenta del potencial del español, olvídate ya de España. Pero aún estamos a tiempo de reaccionar.

Cada Instituto Cervantes, presente en 90 ciudades del mundo, tiende a localizarse y particularizarse mucho. Te debes a la gente del lugar. La sede de Fráncfort es un edificio arquitectónicamente muy interesante, por lo tanto potenciamos los programas de arquitectura, y además se erige en el santuario del tango en Alemania, que acoge el mejor maratón de Europa, durante tres días, 72 horas sin parar. El tango es una de las miles de expresiones que salen de Europa, cruzan en los barcos a América, allí se convierten en otra cosa, vuelven al viejo continente, aquí se les da la bendición, se globalizan, regresan al otro lado del Atlántico y a lo largo de un siglo están yendo y viniendo.

Además, al tango se le conoce como el arte del abrazo, cómo conseguir el abrazo perfecto en una pareja; y nosotros lo utilizamos como el símbolo de lo que hace la cultura hispánica, con enorme diferencia sobre cualquier otra en el mundo, que es abrazar culturas, gente, lenguas, costumbres… Así que, gracias a que allí tenemos el tango como símbolo, utilizamos el abrazo cultural, del que siempre sale algo nuevo. Como digo, cada centro cultural elige su identidad porque realmente somos muy autónomos, dependemos de cuáles son nuestros públicos y sus intereses.

¿En qué consiste el proyecto ‘Upfront – La Generación Mundial?

Éste es un buen ejemplo. Entonces, yo era el director del Instituto Cervantes de Praga, donde la fotografía tiene una gran tradición. En esa época había una nueva generación de jóvenes fotorreporteros de origen hispano que por primera vez estaban ganando el Word Press Photo. Me encontré a un representante de la AECID, la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo, que aunque nadie lo sabe es el mayor inversor del mundo en recuperación de patrimonio cultural, y me comentó las dificultades de España para representarse fuera como marca país. Y le respondí que a veces no hay que inventar nada nuevo, sino utilizar lo que ya se está haciendo. Le dije: “¿Te has dado cuenta de que el New York Times de hoy tiene una imagen de un fotógrafo español, Diego Ibarra?”.

Hay toda una generación de fotógrafos que tiene que buscarse la vida fuera, que se mete en frentes de conflicto y se convierte en los ojos de medios como el Frankfurter Allgemeine Zeitung o Le Monde. Estos profesionales están haciendo marca España sin saberlo ellos, ni nosotros. Le gustó la idea, me animó a organizar una exposición en el Cervantes de Praga y lanzamos el proyecto. Reunimos a una veintena de lo que yo llamo “la generación joven”, que es también la de la precariedad, no como la de antes que se iba tres meses a África para hacer un reportaje para el National Geographic; ahora su cámara es suya y si se la roban en un control de carreteras ha perdido su trabajo, duerme en los sofás de casas de amigos cuando viaja y sin embargo es la más internacional que hemos tenido nunca.

La Agencia de Cooperación decidió hacer un ejemplo de colaboración entre administraciones, algo que es muy atípico. El resultado fue una exposición creada y producida por el Cervantes, con la financiación de la AECID, que itineró por todo el mundo durante tres años.

Se ha referido a la situación de precariedad de la profesión periodística. La crisis económica sumada a otros factores ha abocado al cierre de medios y la reducción drástica de plantillas. ¿Cómo afecta esta situación al periodismo que se hace hoy en día en España?

Como todas las cosas, aquí nos lo tomamos con más histeria que en otros sitios. Se escuchan expresiones como “ya nada sirve, no estamos preparados”, pero nadie hace rendición de cuentas de por qué no estábamos listos para la digitalización o para la pérdida de la publicidad, con lo cual hay que despedir a toda la redacción, que es la que precisamente hace el periódico. Quizás habría que haber despedido a quienes no sabían que la publicidad estaba cambiando. Y se han vaciado las redacciones hasta tal punto que hoy parecen colegios. Mientras cuando visito redacciones en el extranjero, todo el mundo tiene el pelo más blanco que yo. Como autocrítica, el periodismo español se aburguesó mucho, incluidos grandes nombres.

Un gran corresponsal polaco al que yo visitaba mucho en Varsovia, Ryszard Kapuściński, me decía: “Esta profesión se estropeó el día en el que se hizo rica”. El periodismo siempre ha sido un gremio modesto. Con la irrupción de la publicidad, después de la II Guerra Mundial, los medios empiezan a ser independientes, lo que les emancipa de la política, pero les hace ricos. El crecimiento económico se produce desde el año 50 al 2000, todas las empresas crecen y necesitan publicidad para vender sus productos, y el único medio para canalizar esa búsqueda de clientes es la prensa, que se llena de arriba a abajo de anuncios, lo que genera dinero y sueldos disparatados. En España todavía más, porque somos muy exagerados, comparado con otros medios europeos. Y como afirmaba Kapuściński: “Cuando un periodista se hace rico se aburguesa”.

Durante la guerra de los Balcanes conocí a un colega que me decía que si no disponía de un millón de pesetas (eran los años 1990 y todavía no estaba en vigor el euro) para viajar en primera, disponer de un traductor, un chofer… no venía. Algunos grandes periodistas viajaban, comían y se alojaban mejor que un embajador. Iban a las ruedas de prensa en taxi, lo que yo denominaba “ir en cápsula espacial”, algo impensable para un periodista alemán, que cogía un tranvía, un metro o un autobús, lo que le permitía “mancharse de sociedad”. Este bache de la digitalización fuera de España se superó ya hace más de diez años, mientras que aquí no levantamos cabeza.

En su etapa como corresponsal de guerra y enviado especial fue herido y arrestado en varias ocasiones. En el conflicto de los Balcanes, ¿los periodistas se convirtieron en un objetivo más de la guerra?

Los periodistas son un objetivo siempre. En ese caso eran un objetivo torpe, porque Europa llevaba cincuenta años de paz y se enviaba a periodistas, entre ellos yo, a una región sin ninguna preparación para la guerra. Por supuesto, para el atacante un periodista no debe estar ahí. ¿Y cómo los echo? Con una táctica parecida a la usada contra la población civil: si matas a cien hay un millón que se va; si matas a dos periodistas, la prensa se marcha. En una ocasión, una noche los atacantes amenazaron con violar a todas las colegas y a cortar el cuello y los testículos a todos los hombres y de 300 periodistas nos quedamos cuatro, uno de la BBC, una informadora turca, Miguel Gil de Barcelona y yo. El terror es un arma muy letal, no tienes que hacer nada, basta que lo infiltres. En otra ocasión, en la época del conflicto serbio-croata, permanecíamos tres periodistas y nos lanzaron una andanada de misiles Katiusha. Quieren que no estés, que nadie cuente lo que está pasando.

El mercado de Internet ya ha sido cooptado, abducido y secuestrado por los organizadores de noticias falsas, que venden fotografías manipuladas. ¿Qué olfato tiene un redactor jefe que no sabe que eso va a pasar y que no quiere gastarse 3.000 euros en mandar a un enviado especial al lugar de la noticia, si ésta le está llegando por twitter? No sé si es torpe, inocente o le faltan 40 años de profesión para saber de qué va esto. Es una pescadilla que se muerde la cola.

Como experto en Europa Central, ¿en qué situación se encuentra actualmente la región de la antigua Yugoslavia? ¿Han cicatrizado las heridas o todavía persisten las huellas de la guerra?

¿Por qué no se debe permitir una guerra jamás? Porque tarda muchas generaciones en curarse. Y hasta lo que crees que empieza a ser una vida normal lleva unas cicatrices por debajo. Si hoy se desatara una guerra aquí, tus nietos y tus bisnietos se van a resentir de ello. Por eso, la guerra es el enemigo absoluto de la ciudadanía, del espíritu burgués de las ciudades, el que inventó los derechos humanos, el que estableció todo el sistema de libertades, de contrapesos, de reparto de poderes… La guerra tritura absolutamente todo. Los regímenes totalitarios tienden a virar hacia el truco más fácil de todos, que es el nacionalismo.

Cuando no tienes ideas socialdemócratas que aportar a la sociedad, ni democristianas, ni liberales el nacionalismo te salva de todo. Pero es una auténtica enfermedad, un virus que te ataca y no te puedes quitar. Y más tarde o más temprano siempre lleva al enfrentamiento. Poco a poco va minando las libertades, los derechos, la igualdad,… porque el nacionalismo siempre te va a explicar por qué su diferencia es mucho más importante que la tuya. Occidente tiene que contener estos peligros. La Unión Europea, pese a la falta de interés de la ciudadanía, es lo mejor que nos podría haber pasado en la vida, en todos los aspectos, culturales, educativos, avances científicos… Y se puede ir al carajo en dos semanas.

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