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Un superviviente del Holocausto, sobre Auschwitz: “No puedo entenderlo”

aIncreíble. Inexplicable. Incomprensible. Al superviviente de Auschwitz Noah Klieger se le escapan una y otra vez las mismas palabras al recorrer, con los ojos húmedos y en silla de ruedas, la imponente muestra que el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid dedica al más famoso campo de exterminio nazi.

“¿Todos periodistas? ¿Tantos para mí?”, se pregunta Klieger, con una jovialidad sorprendente para sus casi 92 años, al ingresar a la exposición y chocar con una nube de cámaras, micrófonos y cronistas que lo acompañarán en la visita con motivo del Día Mundial en Memoria a las Víctimas del Holocausto, que se celebra el 27 de enero.

Sin embargo, la sonrisa del superviviente judío y el ímpetu inicial por corregir los comentarios que escucha en cada sala van apagándose. Klieger adopta un gesto entre melancólico e incómodo, se cruza de brazos y se inclina desde la silla de ruedas a ver las vitrinas de la exposición, a veces callado y sumido en sus pensamientos.

El recorrido lleva la silla por un laberinto de salas con carteles antisemitas, citas nazis, vallas alambradas originales de Auschwitz, un barracón de madera y un sinfín de vitrinas con objetos personales de prisioneros: de cepillos de pelo a cartas privadas, de ollas a zapatos, de juegos de mesa a trajes de bebé.

Klieger, nacido en Estrasburgo en 1926, sale de la conmoción al escuchar a su guía diciendo que Auschwitz “no empezó en las cámaras de gas”, sino que fue la culminación de un proceso anterior.

“EMPEZÓ CON ‘MEIN KAMPF'”

“Claro, claro. Empezó con ‘Mein Kampf'”, dice sobre el panfleto antisemita de Adolf Hitler publicado ya en 1925. “Ahí ya dice que exterminará a todos los judíos, aunque no dice cómo. Los alemanes votaron por él habiendo leído el libro”, se indigna. “Es increíble. Imposible de explicar. Cómo una sociedad avanzada se volvió asesina”.

Klieger esboza una sonrisa al quedar frente a frente con uno de los famosos trajes a rayas que usaban los presos. Explica las diferentes categorías según el color del triángulo cosido al traje. Recuerda que muchos presos también odiaban a los judíos.

El recorrido es agotador. La exposición, que puede visitarse hasta el 17 de junio, reúne más de 600 piezas originales del campo prestadas por el Museo Estatal de Auschwitz y otras 20 instituciones. Una inmersión en la realidad y el contexto histórico de una maquinaria de exterminio que desde Polonia acabó con 1,1 millones de personas, la mayoría judíos.

VIDA DE PELÍCULA

Klieger la finaliza junto al barracón. Con la mirada perdida en el horizonte, se levanta la manga del traje y muestra el tatuaje que identificaba a los prisioneros de Auschwitz, imborrable desde su ingreso al campo en 1943. Imborrable también después de una vida de película que mezcla el horror con la esperanza.

A los 13 años participó ya en la formación de un grupo sionista juvenil que ayudó a salvar a más de 270 judíos del Holocausto. Supo burlar a las cámaras de gas en Auschwitz y sobrevivió también a una marcha de la muerte de diez días que inició el 4 de abril de 1945 al campo de Ravensbrück, donde fue liberado el 29 de abril.

Estudió periodismo, cubrió juicios a nazis en varios países -incluyendo el de Adolf Eichmann-, presidió el club israelí Maccabi Tel Aviv y el consejo de medios de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA). Entre numerosas distinciones, fue nombrado en 2012 Caballero de la Legión de Honor en Francia.

“Mi primer objetivo fue sobrevivir. Estaba convencido de que no lo haría, pero lo hice”, recuerda. “El segundo fue hablar de esto a toda la gente posible en todo el mundo, porque deben saber lo que pasó. Tal vez ayude así a convencer de que no hay que odiar. A eso me he dedicado”.

Cuando le preguntan por la hora que acaba de pasar rodeado de recuerdos, tiene sensaciones encontradas. “Por un lado, estoy muy contento de que la gente vea esto y sepa”, responde. “Por el otro, nunca nadie podrá saber lo que pasamos, lo que sentimos al ver que día tras día mataban a miles de los nuestros”.

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