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Bienvenidos, Gastarbeiter

Manuel tenía 20 años cuando se enteró en la Central Nacional Sindicalista de que había emigraciones y se apuntó sin pensárselo. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó devastada e impulsó a mediados del siglo XX políticas desempleo con países extranjeros para reconstruir el país. De esta forma, Alemania abría sus puertas a los llamados “Gastarbeiter”, trabajadores que viajaban al país durante un periodo de tiempo hasta haber ahorrado lo suficiente como para pagar las deudas que tenían en España.

El 7 de julio de 1963 el Diario Abc anunciaba entre sus páginas: “El agua de Colonia que usa el hombre y gusta a la mujer”. Al día siguiente, Manuel Martínez esperaba impaciente en la estación de Almería el tren que le llevaría a la ciudad que dio nombre al perfume más antiguo del mundo. Entonces tenían dos opciones: trabajar como jardineros en Hannover o como mineros en Colonia. No se lo pensaron mucho, eran jóvenes y creían que trabajar en la mina no sería tan duro. Unos días más tarde lo llamaron, hizo las maletas y emigró a la ciudad colonesa con un contrato de un año bajo el brazo. Así comenzó su aventura como Gastarbeiter – “trabajador invitado” en alemán- en la mina de carbón de Zollverein, la más grande y moderna del mundo y que, en la actualidad, constituye un ejemplo representativo del desarrollo de la industria siderúrgica en Europa.

De izquierda a derecha, Manuel Martínez (1943, Almería), Juan José Porres (1943, Tarragona) y Rafael Fernández (1945, Granada); en la entrada de la iglesia de St. Bárbara, a la salida de la misa en castellano celebrada el 28 de abril en Colonia.

Es el segundo domingo de Pascua. Manuel, Rafael y Juan José charlan junto a sus mujeres antes de entrar a misa. Por un momento, tengo la sensación de que sigo en España. Es la primera vez que me encuentro con personas de la generación de mis abuelos en Colonia. Un almeriense, un granaíno y un catalán son tres de los últimos españoles que quedan en Colonia de la llamada “primera generación”. Su amistad comenzó en el bar de la sede de Cáritas -conocida popularmente como Casa España por la gran afluencia de españoles- en el que trabajó Rafael hasta que se jubiló. Cuando llegó a Colonia a sus 25 años comenzó en una empresa de fabricación de filtros. “Terminé el viernes en la fábrica y el lunes comencé en el centro. No he tenido ni un día de paro en mi vida”. 

Rafael vino de un pequeño pueblo de Granada a mediados de los 60. Ante la inestabilidad que imperaba en ese momento en España, decidió probar primero en Francia, hasta que un amigo suyo le advirtió de una vacante en la empresa alemana en la que estaba trabajando en ese momento. Años más tarde, conoció a su mujer en unas vacaciones en la costa andaluza y se vino con él al país germano. El granadino sonríe al recordar los momentos que han pasado su mujer y él a más de 1000 kilómetros de su tierra. Aún recuerda cuando nació su hijo, que ya tiene 40 años. Estaba trabajando y su mujer estaba ingresada en un hospital al otro lado del Rin. Cuando fue a coger el coche para ir a la clínica no pudo moverlo porque se había congelado. Estaban a 23 grados bajo cero.

El frío alemán también fue lo primero con lo que se encontró Juan al llegar a Alemania en diciembre del 69. Pensaba que le iban a enviar a Latinoamérica, pero, finalmente, su superior le mandó a la nueva filial de la Bayer en Leverkusen, a 39 km de Colonia. Llegó un viernes y la oficina estaba cerrada, así que se cogió un taxi y alquiló una habitación en un hotel del centro. Recuerda que era un 28 de diciembre y que, a la mañana siguiente, miró por la ventana y estaba todo blanco.

Un día se enteró de que la Casa España organizaba un viaje a Praga para españoles. En aquellos años, Franco había prohibido viajar a cualquier país perteneciente a la antigua Checoslovaquia.  Así que fue al centro a preguntar y le atendió una mujer que hablaba un perfecto castellano. Lo primero que pensó fue: “qué cara de alemana tiene esa española”. En la actualidad todavía sigue siendo su esposa.

El milagro económico alemán

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania inició un proceso de reconstrucción. A mediados de los años 50, gracias al milagro económico alemán, se produjo una rápida expansión industrial al incorporarse en el sector el uso de métodos de producción en masa. El país se enfrentaba a un déficit de mano de obra de baja cualificación, sobre todo en actividades relacionadas con la minería, la siderurgia, la industria automovilística y la reconstrucción de ciudades y edificios. De esta forma, las autoridades alemanas pusieron en marcha en 1955 un programa para captar trabajadores extranjeros desde oficinas de empleo y acuerdos bilaterales. Italia fue el primer país en firmar un convenio. Cinco años más tarde, fue el turno de España y Grecia, a los que le siguieron Turquía, Marruecos y Portugal.

De esta forma, Alemania abría sus puertas a los llamados Gastarbeiter, trabajadores que viajaban al país durante un periodo de tiempo hasta haber ahorrado lo suficiente como para pagar las deudas que tenían en España. Todas las semanas entre 1960 y 1973 alrededor de 800 españoles viajaban a Alemania con un contrato bajo el brazo. Llegaban a la Hauptbahnhof correspondiente y les colocaban un cartel numerado en el cuello como si de ganado se tratara. Esto ocurrió sobre todo al principio cuando llegaban los primeros grupos de emigrantes, que en muy pocas semanas se convirtieron en cientos. En total, unos 600.000 españoles emigraron al país germano para trabajar, sobre todo, en la industria del metal o en el sector textil.

En 1960 los Gastarbeiter representaban el 1,5% de la población activa alemana. Diez años más tarde, superaron el 10%. En 1975, la Federación Alemana de Sindicatos situaba el número de trabajadores invitados en casi tres millones. Se trató de migraciones de naturaleza básicamente económica en las que el motivo principal tenía que ver con una mejora de la situación económica personal o familiar que era de carácter precario: desde solucionar problemas de desempleo a poder ahorrar algún dinero para casarse, comprar una vivienda, montar un negocio o, incluso en algunos casos, para mejorar algo la formación. Sin embargo, muchos decidieron quedarse ahí en vista a labrarse un futuro mejor.

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Llegada de un grupo de Gastarbeiter a la estación principal de Colonia en el año 60. A la derecha, se encuentra el intérprete que los recibía y los trasladaba a la residencia correspondiente a su empresa. Al fondo se puede leer un anuncio publicitario de la famosa Agua de Colonia 4711, que todavía se encuentra en la actualidad.

Muchos de los españoles que llegaron aquí a finales de los 60 pensaban que los alemanes ataban los perros con longanizas. Creían que con trabajar un año ganarían suficiente para regresar a España y comprarse una casa. Después de ese año, se daban cuenta de que no habían ganado suficiente así que decidían quedarse un año más. La mayor barrera que se encontraban los Gastarbeiter al llegar aquí era el idioma. Muchos veían su estancia en Alemania igual de temporal que su contrato. Al fijar siempre una fecha de vuelta, no se esforzaban en aprender alemán y, por lo tanto, no podían aspirar a un puesto mejor.  Aun así, hubo quien decidió quedarse a pesar de las trabas que suponía un idioma tan diferente al suyo. “Hace poco murió un paisano nuestro aquí, que había estado más de 50 años y hablaba un alemán que no le entendía ni Dios, pero era más colonés que nadie”, comentan los tres al recordar a su amigo fallecido recientemente.

Segunda y tercera generación

Manuel, Rafael y Juan no quisieron esperar. El pensamiento de cada uno de ellos fue aprender el idioma, porque cuanto más alemán hablasen mejor trabajo podían tener y más puestos podían escalar. Además, si rompían el contrato no podían volver a Alemania hasta que no hubieran pasado 5 años. Algunos volvieron porque echaban de menos a su familia. Manuel le dijo a su paisano que no se fuera y, al final, volvió cinco años más tarde. Él vino a trabajar y por eso se quedó.

Cuando Manuel llegó a la empresa Klockner-Humboldt-Deutz AG (KHD) empezó en la fresadora. Asegura que tuvo suerte, porque al tiempo le colocaron con otro alemán para hacer parte de la bomba del avión tornado. En ese departamento estuvo 15 años. Luego pasó a una nave donde fabricaban los cigüeñales y 25 años más tarde se jubiló a sus 59 años. “Cuando fui a solicitar la jubilación estaba tan nervioso que me senté en la silla de la mujer que me atendió en vez de en la mía”.

Los tres amigos se adaptaron en seguida a Alemania y aseguran que no han tenido ningún problema desde que llegaron aquí. “Cuando una persona llega a un país que no es el suyo tiene que adaptarse a las normas establecidas. Llegamos a un país que nos invitó, aprendimos sus costumbres y su idioma. No solo les hicimos un favor a ellos, sino que también nos labramos nuestro porvenir.”

Las asociaciones de españoles existentes en Alemania también jugaron un papel fundamental. La gran mayoría fueron impulsadas en su origen desde las misiones católicas en el país germano y desde los servicios de atención al español en Cáritas. El nexo tan grande entre asistentes sociales y capellanes con asociaciones de emigrantes hizo que en muchos lugares se ubicasen en el mismo piso o bloque la Misión Católica, los asistentes sociales y el centro español, asociación o equivalente.

Lo que está claro es que esta situación le vino muy bien a los españoles que se encontraban en el paro a finales de los 60 y, a su vez, supuso un enorme empujón a la economía alemana. Manuel se indigna cuando ahora algún joven le llama “extranjero” con cierto aire de superioridad. Los 40 años que ha cotizado aquí cree que son suficientes como para demostrar su valía. “Por lo menos el 40% del milagro alemán se hizo gracias a nuestro trabajo, a base de mano de obra extranjera”, dice con rotundidad. 

Ahora sus hijos dominan a la perfección los dos idiomas y están totalmente integrados en la sociedad alemana. Sólo uno de ellos regresó a España para estudiar Filología inglesa. “Le dije a mi hijo que se fuera a vivir con sus abuelos a Almería que en seguida regresaríamos mi mujer y yo. Y aquí seguimos”, dice Manuel entre risas. Quizás esto tenga algo que ver con la quinta fase que atraviesa el emigrante, en la que una vez te has adaptado e integrado completamente en un país ajeno al tuyo, es muy complicado volver, porque sientes tu nuevo destino tu hogar.  Hay quien, aun así, lo deja todo y regresa a su tierra natal. Pero este no fue su caso. El problema es que han vivido la mayor parte de su vida aquí, sus hijos se han criado aquí y sus nietos son los siguientes.

Uno de los aspectos más importantes que influyó en su decisión de permanecer en Alemania fue la mejora de las condiciones laborales con respecto a España. Manuel cuando llegó a trabajar a la KHD, tenía un periodo de prueba de 6 semanas y comenzó ganando 2,94 marcos, el equivalente a 250 pesetas en la España de Franco. Al finalizar este periodo, le ofrecieron un contrato fijo y poco a poco fue adquiriendo más responsabilidades.

Aufenthaltserlaubnis, más conocido como permiso de residencia de la República Federal Alemana en los años 60, que necesitaban los Gastarbeiter que no formaban parte de la Unión Europea. Era obligatorio para todos los extranjeros que venían a trabajar a Alemania y dependía de tu contrato de trabajo y de la vigencia del pasaporte.

Tampoco fue todo de color de rosa. Los primeros años la policía de entonces no se lo hizo pasar muy bien a los extranjeros. Era necesario tener un trabajo y todos los papeles en regla porque si no te expulsaban. Si no eras miembro de la Unión Europea, debías tener en regla dos documentos: Aufenthaltserlaubnis (permiso de residencia) y Arbeitserlaubnis (permiso de trabajo). Ambos dependían de la vigencia del pasaporte, que muchas veces caducaba a los tres meses. Por lo tanto, los funcionarios les daban un permiso de residencia que únicamente cubría esa franja de tiempo, lo que significa que tenían que repetir este mismo procedimiento una y otra vez hasta que conseguían un contrato fijo y tener toda la documentación en regla.

Juan, sin embargo, se las ingenió para agilizar este proceso. Por aquel entonces tenía 40 operarios españoles a su cargo y cuando debían ir a ambos sitios, las colas eran interminables. Un día se le ocurrió darle una botella de Jerez a uno de los trabajadores. A las tres semanas le dijo si le podía traer una botella de Coñac de Carlos I. Cada vez que entraba y le veía, iba corriendo a buscarle y le pasaba directamente el primero. Así funcionaban las cosas en aquellos tiempos.

Para ellos, emigrar a Alemania ya sea por obligación o voluntad propia, supuso un giro de 180º en sus vidas. Vivir alejados de su familia, de sus amigos o de sus costumbres no fue fácil. Quizás ese es uno de los motivos por el que muchos regresaron. Los que decidieron permanecer continuaron su camino por los senderos teutones y la gran mayoría no se arrepiente. Manuel, Rafael y Juan están muy agradecidos por las oportunidades que les ha brindado Alemania. Tampoco quieren volver. Esto no quiere decir que no se interesen por el devenir de España. A pesar de que figuran como españoles ausentes, a sus 74 y 76 años participan en la política española y esperan impacientes el resultado de las elecciones. Dos de ellos ya han votado por correo. A Juan, sin embargo, no le ha llegado el voto todavía. En sus rostros se aprecia la preocupación del auge de la ultraderecha en España y tienen la esperanza de que un aumento en la participación salve a su tierra de los ideales que les empujó a ellos a emigrar al norte de Europa.

Patricia Alcusón

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